Pedro J. ama a UPyD

Ante medio litro de café empecé a leer el editorial de El Mundo dispuesta a discutírselo punto por punto:

"LA «DIGNIDAD», «el respeto», «la solidaridad» y los principios a los que hacía referencia el editorial publicado ayer al unísono por 12 diarios catalanes no son valores atribuibles a los territorios, las instituciones o los colectivos sino a las personas. Ni Cataluña tiene dignidad ni España, honor. La tienen y lo tienen los catalanes y los demás españoles de uno en uno."

¡Ay! Cómo seguir leyendo a este "señor" después de que él mismo escribiera "la dignidad de la España democrática en la más dura trinchera imaginable"  y hablara de "la dignidad de la Nación".

Cómo seguir, cuando se leen cosas como éstas en su panfleto:
Ansón: "Al presidente del Gobierno, no se le han enrojecido las mejillas cuando decidió hollar una vez más la dignidad de España"
Yanke "la solidaridad de España"
Más Ansón "La política de Zapatero ha consistido en la alianza variable con los partidos nacionalistas, entregándoles lo que pedían, a costa, muchas veces, del bien común general de los españoles e incluso de la dignidad de España."
Jauregui "El honor de España está en juego."
Ansón de nuevo "Zapatero, en fin, vendió la dignidad de España en una negociación política de tú a tú con Eta"
El Borbón "El rey Juan Carlos transmitió al Parlamento húngaro el decidido apoyo y solidaridad de España"

Cómo seguir, cuando según Pedro J., es España y no los españoles la que está de luto, es democrática, sufre los golpes, tiene necesidadesunidad e identidad, tiene problemas, prestigio, vive situaciones y es constitucional, protege las libertades de las personas, destaca en la cultura, en el deporte y en la ciencia, y disfruta del español, nuestra plataforma, nuestro trampolín, nuestra lengua.

Cómo seguir si hasta el Borbón sabe que "España es consciente" de que cuando se dice "Un camino en el que el Líbano siempre podrá contar con el respeto, la cooperación y la amistad de España." ese España representa a sus ciudadanos.

Pues eso, que para leer estas gilipolleces no seguí. Pasé directamente a otros artículos de "opinión".

A Pedro J. le sudan los dientes cuando oye hablar de Catalunya o los catalanes. Vete tú a saber si es por el asuntillo de su piscina, que destapó un diputado de ERC. El caso es que antes, este "señor" escribía sobre España como "nación de naciones":

"Por razones familiares hacía tiempo que entre mis vivencias infantiles los conceptos de injusticia y opresión aparecían vinculados a la persecución de la lengua y cultura catalanas durante el franquismo. Años después, a medida que mi pasión por la Historia me llevó a intentar profundizar en las diversas teorías sobre ese «complejo enigma peninsular», fue creciendo mi indignación ante el reduccionismo monolítico de la verdad oficial que nos habían enseñado a los escolares de mi generación. De pocas coincidencias me alegré tanto como de la publicación del «Olivares» de Elliott pocos meses antes del comienzo de los fastos del V Centenario de 1492. Ciento cincuenta años después de esa pretendida «unidad de España», aquel atribulado primer ministro encargado de gestionar la decadencia aún se desgañitaba proponiendo a Felipe IV que hiciera «liga con sus reinos», mientras desde Barcelona, Zaragoza y Valencia se le acusaba nada menos que del terrible pecado de pretender instaurar «una corona, una ley y una moneda».
Quienes tuvimos la suerte de vivir en primera línea los años fascinantes de la instauración de la democracia y el proceso constituyente de 1978 sabemos hasta qué punto lo conseguido entonces fue un compromiso entre lo deseable y lo posible. Nuestra Transición alumbró una democracia vigilada por un Ejército franquista cuya cúpula aún estaba ocupada por los vencedores de la Guerra Civil y en cuyo seno se gestaban ya los movimientos golpistas que desembocarían en el 23-F. Eso explica que la Constitución no fuera capaz de dar cabida al reconocimiento de las distintas fuentes de soberanía que en rigor histórico confluyen en el proceso de formación de la España moderna, ni por lo tanto al derecho de autodeterminación de los pueblos que la integran. El Estado de las Autonomías surgió así como un camino intermedio entre el centralismo y el federalismo, tratando de diluir las reivindicaciones del País Vasco y Cataluña en el voluntarista «café para todos», aunque la propia distinción que la Carta Magna hace entre «nacionalidades y regiones» implica que no se trata de magnitudes homogéneas.
En otro orden de cosas, la experiencia de la crisis política desencadenada durante los últimos años tras el descubrimiento de graves casos de corrupción y abuso de poder ha venido a demostrar que los constituyentes se olvidaron de blindar a los restantes poderes del Estado, encargados de realizar funciones de control y contrapeso, frente a la pretensión expansionista de un Ejecutivo fuerte, instalado en la plataforma de las mayorías absolutas. [...]
Transcurridos más de veinte años de la muerte del general Franco, somos muchos los que venimos propugnando que el éxito global de la democracia española proporciona ya condiciones objetivas para tratar de completar y perfeccionar el proceso iniciado entonces. [...] Siempre hemos concebido la configuración de una nueva mayoría parlamentaria como la plataforma desde la que introducir una serie de reformas legales que impliquen por un lado la modificación de las reglas del juego político para dotar de contenido los derechos de participación de los ciudadanos y por el otro la reforma de la estructura del Estado, tanto para conseguir una administración más eficaz como para dar satisfacción a los sentimientos de los nacionalismos históricos. La plena integración de Cataluña en un proyecto político común y la creación de un marco en el que fuera posible poner fin a la violencia en el País Vasco serían las dos grandes recompensas de este nuevo proceso de apertura política"


Hay que leer el texto entero sin levantar las cejas o dios matará un gatito. Para acabar, sólo decir dos cosas:

1.- Para una mejor visión sobre este "señor", léanse sus apartados en Los Genoveses, Un hombre del partido y Las Malas Lenguas.

2.-